Adiós al León

Para un anacoreta neurótico y figurón nada mejor que un perro freelance. Cansado de la capital, de la tontera urbana, el ruido y el agobio que todos los que habitan una gran ciudad conocen de sobra, el retiro periódico a una de esas playa que la naturaleza salpica a puñados dispersos y abandonados por la costa del Pacífico sur es su mejor retiro espiritual.

La playa que eligió no tiene pavimento ni semáforos ni cajeros automáticos. Los pescadores hacen horas para matar el día, pescan de vez en cuando, para los festivos o las vacaciones y si la resaca se los permite.

En ese páramo latinoamericano sin si quiera una plaza y donde el dueño de la botillería atiende a la par la única farmacia, llega de vez en cuando el hombre que no quiere más guerra, aunque la necesita en dosis periódicas como el heroinómano la metadona.

Le fascina la gente con la misma fuerza que le agobia. Y en ese rincón olvidado de la Creación, los pocos amigos que se ha hecho, también lo agobian. A veces se acuartela en su casa, con las ventanas cerradas, para que crean que no está.

El León es el único que se ha salvado de la onda expansiva de su desidia hacia la raza humana.
El perro entiende que el hombre no quiere que lo necesiten pero no puede dejar de conmoverse ante el desamparo donde se entrelazan todas esas vidas disparadas por el destino.
El perro se contenta con lo que le puede ofrecer: comida y compañía esporádica.

Es por eso que cuando él regresa a la capital, el León vuelve a las calles empolvadas y rodeadas de vegetación desértica a buscarse la vida, a hurgar entre la basura y pelearse con los perros y las gaviotas para saciar su hambre.

El León ya no está. El hombre ve su ausencia en cada rincón, en cada perro callejero y el vacío que siente es difícil de llenar por mucho que lo cope con actividades mundanas.
Su perro freelance ha muerto.

Los galgos de ese pueblo hacen cola para ocupar su lugar.
Pero él aún es incapaz de colgar un letrero espiritual que diga “SE BUSCA PERRO FREELANCE”.

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