La Barcelona de Bolaño

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Fue finalmente en la Ciudad Condal – y más tarde en Girona y Blanes- donde el narrador chileno encontraría terreno firme para desarrollar su anhelo de ser escritor, en medio de una existencia precaria de inmigrante sudamericano

“Vine a España en el año 77. En realidad iba a Suecia, donde más o menos tenía arreglado un trabajo, pero mi madre vivía en España desde hacía dos años y estaba muy enferma cuando yo llegué. Entonces, me quedé a esperar que se pusiera bien, a ayudarla, en fin. Barcelona, en el año 77, era una verdadera belleza, una ciudad en movimiento con una atmósfera de júbilo y de que todo era posible. Se confundía la política con la fiesta, con una gran liberación sexual, un gran estallido sexual, un deseo de hacer cosas constantemente, que probablemente era artificial, no me hago muchas ilusiones al respecto, pero, artificial o verdadero, era tremendamente seductor. Para mí fue un descubrimiento, y me enamoré de la ciudad. En Barcelona aprendí cosas que yo creía que sabía pero en realidad no sabía nada”, contó Roberto Bolaño en abril de 1998, en una entrevista para el número 40 de la revista de Cultura.

El escritor chileno llegaría a la ciudad sin pensar que aquí encontraría a grandes amigos, se enamoraría, formaría una familia y se consagraría como una de las letras más lúcidas y creativas que haya dado este siglo.

Bolaño vivió durante un tiempo en un pasaje en la calle Tallers, un “cuchitril” como lo definiría Antoni García Porta, uno de sus primeros amigos barceloneses, a quien conoció a través de una editorial llamada La Cloaca.

Sin ducha

García Porta y Bolaño escribirían a dos manos la novela Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison, la primera de ambos. “Bolaño vivía para y por la literatura, no le interesaba nada más”, contaría Porta a la reportera, una tarde de junio al año de morir su amigo. “Su casa era aquella”, dijo apuntando al segundo piso del estrecho pasaje donde alguna vez hubo un afterhours y hoy un local de alquiler de bicicletas. “La habitación de Roberto era para morirse de frío, era un lugar húmedo y él vivía muy modestamente, sólo concentrado en su escritura”. Para García Porta fue allí donde el escritor fue hipotecando su salud.

“Jugábamos al futbolín en la calle Tallers e íbamos al bar Céntrico donde Roberto tomaba té para matar el frío que llevaba”, recordaría Porta. “El piso era tan antiguo y precario que no tenía lavabo ni ducha…Aquel pasaje de Los detectives salvajes donde Arturo Belano (el protagonista) va a ducharse a casa de una amiga en el Ensanche, es biográfico”.

Vigilante de camping

Bolaño estaba muy contento porque había conseguido un trabajo de vigilante en un camping en Gavá, a las afueras de Barcelona, muy cerca del aeropuerto. Con el dinero que hacía durante la temporada de verano, lograba pagar el alquiler de su “zulo” durante todo el año y los turnos que hacía los fines de semana le permitían mantenerse entre semana. Era más estable que trabajar en la vendimia y le daba más tiempo para la literatura que ser vendedor en comercios.

Belano también trabajaría en aquel camping. Aparecería, además en la novela Soldados de Salamina de Javier Cercas y Mantra de su gran amigo Rodrigo Fresán.

Sería Belano también el que se enfrentaría en un duelo con el crítico literario Iñaki Echavarne en Los detectives salvajes, haciendo un guiño a quien sería uno de sus mejores amigos y comisario de su obra póstuma, el español Ignacio Echavarría.

Nunca pisó Sonora

Cerca de la calle Tallers también vive el poeta infrarrealista Bruno Muntané, amigo desde la época del DF mexicano quien posee un dato curioso. Su padre trabajó en un Atlas del desierto de Sonora que Bolaño devoró con ansias y sin haber pisado nunca aquellos parajes más allá de sus visitas mentales por aquel Atlas, escribiría grandes escenas en Sonora tanto en Los detectives… como en otros relatos.

Ya en Blanes y casado con Carolina López, y tras recibir los primeros premios literarios de pueblos y ayuntamientos españoles que estimularían su escueta economía, Bolaño comienza a establecerse en su anhelo: literatura para escritores, de escritores, apasionada, rabiosa, errática y paranoica.

Fue allí en Blanes donde su círculo cercano, al que debemos agregar al editor Jorge Herralde, lo despidió en una ceremonia íntima en la playa, mientras su hijo Lautaro esparcía sus cenizas por el mar.

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