Las canas verdes de L’Oréal

La mujer más rica de Francia enfrenta un demanda de su única hija quien pretende conseguir que la incapaciten y así no derrochar el patrimonio familia con su protegido, un artista francés veintiséis años menor que ella al que le ha regalado casi mil millones de euros

Liliane Bettencourt era hasta hace poco la discreta heredera del imperio L’Oreal, la mayor fortuna de Francia, una de las más importantes del mundo. La octogenaria había sido siempre poco amiga de los escándalos y del protagonismo pero desgraciadamente su nombre saltó a la prensa gala hacia finales del 2008 desde que se supo que era una de las víctima del asesor financiero Bernard Maddoff y desde que en diciembre de ese mismo año su única hija iniciara una agria batalla en tribunales para que se la declare incapaz.

La razón tiene nombre, apellido y cifra: François-Marie Banier, un francés encantador, fotógrafo, pintor y escritor. Un bon vivant a toda regla que bajo el alero y ayuda de su gran amiga y benefactora Bettencourt forma parte de círculo de los más ricos de la nación gala. Los datos que presenta la hija son escalofriantes: entre 2001 y 2007 el artista ha engrosado su patrimonio a punta de seguros de vida, cheques a su nombre, cuadros de Picasso, de De Chirico, Matisse, y un largo e impactante etcétera de regalos finísimos y lujo extremo que lleva a los casi mil millones de euros ($769.604.402.117).

Le Journal du Dimanche consiguió la única entrevista que la anciana ha dado desde que comenzó el escándalo. La mujer no se anda con comprensiones y antes de declarar “Ya no quiero ver más a mi hija”, explica que Françoise Bettencourt-Meyers es de personalidad tímida y que probablemente está celosa, que alguien tan extrovertido como Banier la debe inquietar.

Mientras tanto, la Policía Especializada en Delitos Económicos recava información para el juicio. El patrimonio de Barnier está siendo investigado además de interrogarlo a él y al personal del lujoso palacio donde vive Bettencourt.

El diario El País recogió las declaraciones que distintos empleados hicieron al semanario Le Point, como el siguiente de una enfermera: “Las discusiones eran siempre cuestión de dinero. Él se lo pedía con una insistencia tal que ella al final se enfermaba y perdía el sueño. Una noche de Año Nuevo, en las Seychelles, estaban enfadados porque él le había pedido un cheque y ella se lo había negado. Ella iba a pintarse los labios pero él le arrancó el pintalabios de la mano y lo estampó contra la pared diciendo que ese color no era bonito”.

La contadora fue más lejos: “A finales de 2005, el señor Banier me llamaba por teléfono casi todos los días para pedirme que le dijera a la señora Bettencourt que la quería mucho, pero también que necesitaba dos o tres millones de euros para pagar la piscina y las obras de una casa que se estaba haciendo”.

Los empleados ha descrito la insistencia de Barnier para que Bettencourt no olvidase su chequera antes de salir o caprichos como hacer una viaje relámpago desde las islas Seychelles a París para recoger sus pinceles y poder pintar.

La amistad entre ambos comenzó hace veintidós años atrás, cuando la revista Egoísta envió al fotógrafo a retratar a la finísima cabeza de L’Oreal. Ambos se encantaron y desde entonces no dejaron de frecuentarse.

Talentoso y caprichoso

La vida de Barnier siempre ha estado emparentada a la de alguna anciana millonaria y es allí donde muchos entran a sospechar. Su talento como artista no es menor, incluso Johnny Deep ha declarado que ha sido el único en retratarlo tal como es.

Su vida tiene tintes novelescos. A los 16 años deja su hogar burgués donde ni su brutal padre ni su indiferente madre lo apreciaban. Él tampoco. Comienza una carrera de artista homosexual y vividor que lo hace vincularse con Salvador Dalí, Vladimir Horowitz, Samuel Beckett, Yves Saint Laurent incluso, durante algún tiempo, lleva la prensa de Pier Cardin. Publica novelas, viste de manera extravagante y hasta llega a abordar al futuro presidente Mitterand en la calle y entablan una amistad.

Todos le aman menos la hija de Bettencourt. El fiscal aún no ha decidido si se debe someter a la anciana a una examen psiquiátrico. Pero la mujer no ha dudado en enviarle una carta pública al mismo en defensa de su amigo: “Todo lo que le he dado a François-Marie Banier ha sido por amistad y dentro de una operación de mecenazgo, con todo conocimiento de causa, delante de un notario que ha podido dar fe de mi capacidad. Se trata de sumas significativas si se las toma aisladas, pero son razonables teniendo en cuenta mi situación financiera”.

Y el fraude fiscal

Pero el culebrón no termina aquí, ayer el diario El País se despachó que el asunto ya sobre pasa al dandy y ha salpicado al Elíseo. Como si fuera una novela negra, el mayordomo de Madame Betancourt ha estado silenciosamente grabando las conversaciones de su jefa desde comienzos de 2009, con un micrófono escondido bajo su impecable uniforme, mientras le servía té y galletitas. Fue así como se supo que su asesora financiera, nada más ni nada menos que la mujer del Ministro del Trabajo de Francia, le aconsejaba oscuras maniobras tributarias para ocultar sus cuentas secretas en Suiza y en las Islas Seychelles sin declarar. Mientras el abogado de la anciana acusa a la hija de estar detrás de las grabaciones del mayordomo, este ha declarado que lo hizo por voluntad propia.

Así que así está el imperio cosmetológico, con una heredera no sólo acusada de despilfarro, con una hija que la quiere declarar interdicta si no que además el culebrón tiene fraude fiscal y tráfico de influencias. ¿Cómo se maquilla esto?

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